domingo, 11 de marzo de 2012

Asteroide B-612

El Principito, de Antoine de Saint-Exupéry (curiosamente casado con una salvadoreña, Consuelo Suncín), habla sobre un pequeño niño que vive en el Asteroide B-612 con una rosa, tres volcanes y un par de baobabs molestos que debe de arrancar cada mañana para asegurarse de que no destruyan su planeta. Me gustaría enfocarme en la rosa- ese personaje caprichoso, orgulloso y egoísta que se jacta de hacer sufrir al principito, bateando cada intento que él hace de complacerla. Qué quiere un biombo? Tiene un biombo. Qué necesita un globo de cristal? Tiene un globo de cristal. Por qué? Por qué el principito no zapatea y le dice de una vez por todas no? Creo que la rosa está probando las aguas, viendo cuando va a hacer que finalmente el principito se vaya, quebrandose así el corazón.  A veces soy así, como la rosa- la rosa que tiene y quiere más. La rosa que cree que sus 4 espinas le bastan para defenderse contra el mundo. Lo que no se da cuenta es que sin su principito el propósito de estar en ese planeta es solo el de existir, no tendría nadie con quien interactuar ni a quien contarle sus historias.

Es malo el orgullo de la rosa? Claro que sí, sin embargo lo usa como un mecanismo de defensa- algo que le permite mantener la distancia adecuada para no enamorarse del principito. Cuando se va el principito de su planeta, se despide de la rosa de una manera dulce y cuidadosa- se asegura que su biombo esté bien puesto y que tenga su globo de cristal. Y qué hace la rosa? Le dice que ya no es necesario que haga eso...que sus espinas servirán de protección contra el mundo. Muy tarde en mi opinión, quién sabe si el principito se hubiera ido en primer lugar si la rosa no hubiera pedido ni biombo ni globo...

Mi punto es que como la rosa, las mujeres en especial, tenemos que darnos cuenta cuando no es necesario ocupar globo o biombo y cuando no. Entiendo que hayamos sido dañadas en el pasado, pero la mujer que diga que no ha dañado nunca, no merece llamarse mujer...a veces es mejor que los pétalos sean acariciados por la atmósfera, que alcanzen una estrella, que hagan a un príncipe sonreir.